Recuerdo cuando entrenaba en aquel gym oscuro y sudoroso allá en Cuba, al final de mi cuadra. Las pesas oxidadas, el olor a hierro viejo y el polvo que nunca desaparecía. Había un cartel pegado en la pared con las palabras 'No pain, no gain' escrito a mano. Allá, el gym no era un lugar de lujos, sino de resistencia. Aquí en Miami, entreno en espacios limpios y climatizados, pero a veces extraño aquel viejo gym donde aprendí a amar el hierro.